
Ella es frágil. Muy frágil. Y yo demasiado dura.
Si la coges de la mano es capaz de caminar horas y horas. Firme, siempre fuerte. Pero si la sueltas... sus pasos se vuelven titubeantes y al final el suelo la abraza. Pero aunque la hayas soltado, no la dejes caminar sola mucho tiempo, porque se alejará. Se perderá y lo pasará mal sin una mano a la que agarrarse. Y es por ella por la que yo ando. Por la que corro, me escondo y reaparezco. Es por su miedo por lo que yo río y tiemblo al mismo tiempo. La quiero enseñar a vivir, a caminar sola, a reírse de aquel que despierta su corazón, a fijar sus caminos, a no temerme... Pero es tan difícil... tengo un gran competidor. Sus méritos se cuentan con lágrimas. Los míos con sonrisas. Duele más una lágrima que lo que alegran mil sonrisas. Pero no es suficiente. En cuanto la suelte volverá a él. A veces me hago la valiente. La echo de mi lado. La insto a que se vaya. ¡Que sea desdichada si es lo que quiere! Pero cuando ella se va, yo me vuelvo frágil y la llamo a gritos en la oscuridad. Sé que está lejos y que no me oye. O que se encuentra en un lugar que la gusta y por eso no me responde. Pero yo soy egoísta. Y cuando la encuentro, la traigo a la fuerza hacia mí, se enfada y consigue escaparse.
Si la coges de la mano es capaz de caminar horas y horas. Firme, siempre fuerte. Pero si la sueltas... sus pasos se vuelven titubeantes y al final el suelo la abraza. Pero aunque la hayas soltado, no la dejes caminar sola mucho tiempo, porque se alejará. Se perderá y lo pasará mal sin una mano a la que agarrarse. Y es por ella por la que yo ando. Por la que corro, me escondo y reaparezco. Es por su miedo por lo que yo río y tiemblo al mismo tiempo. La quiero enseñar a vivir, a caminar sola, a reírse de aquel que despierta su corazón, a fijar sus caminos, a no temerme... Pero es tan difícil... tengo un gran competidor. Sus méritos se cuentan con lágrimas. Los míos con sonrisas. Duele más una lágrima que lo que alegran mil sonrisas. Pero no es suficiente. En cuanto la suelte volverá a él. A veces me hago la valiente. La echo de mi lado. La insto a que se vaya. ¡Que sea desdichada si es lo que quiere! Pero cuando ella se va, yo me vuelvo frágil y la llamo a gritos en la oscuridad. Sé que está lejos y que no me oye. O que se encuentra en un lugar que la gusta y por eso no me responde. Pero yo soy egoísta. Y cuando la encuentro, la traigo a la fuerza hacia mí, se enfada y consigue escaparse.

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